Llamados a Crecer
- Phoebe Salgado
- 1 day ago
- 5 min read
Al comenzar con el tema de este año, Llamados a Crecer, me he encontrado reflexionando sobre una pregunta sencilla:
¿Y si lo primero que Dios quiere hacer crecer no es nuestra iglesia, nuestro ministerio ni nuestra influencia, sino a nosotros?
Como muchos de ustedes, he pasado años orando para que Dios haga crecer los ministerios que ha puesto en mis manos. He orado por un mayor impacto, equipos más saludables, un discipulado más profundo y más oportunidades para servir a Su Reino.
Esas son buenas oraciones, y creo que honran el corazón de Dios.
Pero durante los últimos años, algo ha despertado cada vez más mi curiosidad.
¿Y si, antes de que Dios expanda lo que nos ha confiado, primero desea profundizar algo dentro de nosotros?
Al reflexionar sobre mi propio caminar en el ministerio, he descubierto que las temporadas de crecimiento rara vez han comenzado con nuevas estrategias, mejores sistemas o mayores oportunidades. La mayoría de las veces, han comenzado con el Espíritu Santo revelando con ternura algo en mi propio corazón que Él quería transformar.
Esa realidad ha cambiado mi manera de orar.
En lugar de solamente pedir: “Señor, haz crecer lo que me has confiado”, me he encontrado orando: “Señor, ¿qué quieres hacer crecer en mí?”
Al comenzar juntos este camino, mi deseo no es ofrecer todas las respuestas. Más bien, quiero invitarnos a adoptar juntos una postura de reflexión. Mi oración es que estas conversaciones simplemente creen un espacio para que cada uno de nosotros pueda escuchar con mayor claridad lo que el Espíritu Santo quizá ya nos está diciendo a través de Su Palabra.
Porque antes de que Dios haga crecer lo que está a nuestro alrededor, muchas veces decide hacer crecer lo que está dentro de nosotros.
Lo que he descubierto
Durante la última década de ministerio, tanto dentro como fuera de la iglesia, uno de los regalos más grandes que Dios me ha dado no ha sido un nuevo principio de liderazgo ni una mejor estrategia ministerial.
Ha sido la disposición de examinar honestamente mi propio corazón.
Estoy agradecida por los líderes que han invertido en mi vida a lo largo de los años. Me han desafiado, animado, creído en mí y ayudado a formar la líder que soy hoy. Su influencia ha sido un regalo inmenso.
Pero, si soy sincera, una de las partes más transformadoras de ese camino no ha sido lo que me enseñaron. Ha sido lo que me ayudaron a ver.
Ha habido momentos en los que personas de confianza me han hecho preguntas difíciles con amor, me han compartido cómo algo que dije o hice les afectó, o me han señalado con ternura algo que yo no podía ver en mí misma. Esas conversaciones no siempre fueron cómodas, pero se convirtieron en algunos de los mayores catalizadores de crecimiento en mi vida.
He descubierto que una cosa es saber lo que estoy pensando o sintiendo. Otra muy distinta es comprender de dónde vienen esos pensamientos y cómo están afectando a las personas que lidero.
Esa realidad me ha llevado a hacerme preguntas diferentes.
No simplemente:
“¿Estoy liderando bien?”
Sino…
“¿Hay algo en mí que está influyendo en mi liderazgo más de lo que me doy cuenta?”
“¿Hay áreas donde el temor, la inseguridad, el control o experiencias del pasado están moldeando mis respuestas más de lo que reconozco?”
“¿Me está invitando el Espíritu Santo a rendir algo que, sin darme cuenta, he aprendido simplemente a manejar?”
Ciertamente no tengo todas las respuestas a esas preguntas.
Pero estoy convencida de esto:
Un liderazgo saludable comienza con la humildad de creer que todavía puede haber algo que Dios quiere revelarnos dentro de nosotros.
Y eso no es algo que debamos temer.
Es una invitación.
Lo que el crecimiento revela
Una de las cosas que he descubierto es que el crecimiento tiene una manera particular de sacar a la luz aquello que la comodidad ha mantenido oculto.
Mientras la vida y el ministerio se sienten familiares, muchas veces es fácil pasar por alto los lugares donde el temor, la inseguridad o incluso el orgullo han echado raíces silenciosamente. Aprendemos a funcionar alrededor de ellos. Nos adaptamos. Nos sentimos cómodos.
Entonces Dios nos invita a algo nuevo.
Una nueva asignación.
Una mayor responsabilidad.
Una conversación difícil.
Una temporada de cambio.
Y de repente, cosas que ni siquiera sabíamos que estaban allí comienzan a salir a la superficie.
Me he preguntado si esta no será una de las mayores expresiones de la gracia de Dios.
No que Él exponga nuestras debilidades para avergonzarnos, sino que las revele con amor porque desea transformarlas.
Para mí, en ocasiones eso se ha manifestado como temor disfrazado de precaución.
En otros momentos, ha sido el deseo de controlar las situaciones porque la incertidumbre me resultaba incómoda.
También he descubierto momentos en los que mis propias inseguridades influyeron silenciosamente en la manera en que respondía a personas o situaciones. No fue fácil reconocer esas cosas, pero fueron regalos. Porque cualquier cosa que el Espíritu Santo revela es algo que Él también desea redimir.
Eso me ha llevado a reflexionar sobre un pensamiento sencillo, pero profundo:
Todo aquello en nosotros que no haya sido rendido a Cristo terminará influyendo en la manera en que lideramos a otros.
No digo esto como una advertencia destinada a producir temor.
Lo digo como una invitación a la esperanza.
Porque el propósito de la convicción nunca ha sido la condenación.
El propósito de la convicción es la transformación.
Quizá por eso David oró:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón… Ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.” (Salmo 139:23–24)
David no estaba invitando a Dios a decirle algo que Dios aún no sabía.
Estaba invitando a Dios a revelarle algo que David todavía no podía ver.
Cada vez estoy más convencida de que esta es una de las oraciones más valientes que un líder puede hacer.
No porque sea fácil.
Sino porque crea espacio para que el Espíritu Santo haga Su obra más profunda en nosotros antes de pedirle que haga Su obra más grande a través de nosotros.
Una invitación
Al comenzar juntos este camino este año, no sé para qué puede estar preparándote Dios.
Quizá está abriendo una nueva puerta.
Quizá te está pidiendo que lideres durante una temporada de cambio.
Quizá está ampliando tu influencia de maneras que nunca imaginaste.
O quizá la obra más grande que Él quiere hacer no está a tu alrededor.
Quizá está dentro de ti.
Al reflexionar sobre mi propio caminar, me he convencido de que un ministerio saludable no comienza teniendo todas las respuestas correctas. Comienza con la humildad de colocar continuamente nuestro corazón delante del Señor e invitarlo a hacer lo que solo Él puede hacer.
La hermosa invitación del Salmo 139 no es simplemente ser conocidos por Dios. Ya lo somos.
Es presentarnos voluntariamente delante de Él y decir:
“Señor, si hay algo en mí que me está impidiendo convertirme en la persona que Tú me creaste para ser, confío lo suficiente en Ti para que me lo reveles. Y confío lo suficiente en Ti para que lo transformes.”
Esa es la esperanza del Evangelio.
Dios nunca revela algo simplemente para exponerlo.
Lo revela para poder sanarlo.
Al comenzar esta temporada de Llamados a Crecer, mi oración no es simplemente que nos convirtamos en mejores líderes.
Mi oración es que nos convirtamos en discípulos más rendidos.
Porque un ministerio saludable nunca ha sido el producto de líderes extraordinarios.
Siempre ha sido el fruto de personas comunes que son continuamente transformadas por un Dios extraordinario.
Así que antes de pedirle a Dios que haga crecer nuestras iglesias…
Antes de pedirle que amplíe nuestra influencia…
Antes de pedirle que bendiga la obra de nuestras manos…
Que primero podamos orar las palabras de David:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón… Guíame en el camino eterno.”
Y con las manos abiertas, que simplemente podamos decir:
“Señor, hazme crecer a mí primero.”



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